viernes, 30 de agosto de 2013

¿Son compatibles la protección del medio ambiente y el desarrollo rural?

Acantilados entre las playas de Arnao y Peñarronda, en la reserva de la biosfera del río Eo, Oscos y Terras de Burón, en el Occidente de Asturias, un auténtico paraíso natural.
Otra semana que el post del lunes sale en viernes... y es que estar de vacaciones tiene estas cosas. Precisamente este post lo puedo escribir por eso, por haber estado de vacaciones nada más y nada menos que en la reserva de la biosfera del río Eo, Oscos y Terras de Burón, en el Occidente de Asturias.
He estado disfrutando de un alojamiento rural precioso (Apartamentos Lagunas) del concejo de Castropol en un entorno idílico: verde por todas partes, vacas, casitas perdidas entre los prados y campos de maíz, playas y acantilados fantásticos... y tranquilidad, muchísima tranquilidad. Por la noche, a pesar de estar a escasos 20 metros de una carretera, no se escuchaba ni un ruido. Quizás el mujido de una vaca, nada más. Evidentemente, el lugar perfecto para mí y una auténtica pesadilla para un urbanita.
El hecho de estar dentro de una reserva de la biosfera y, además, un parque natural, supone poder encontrar estos pequeños paraísos. Pero también supone un serio problema para los que tienen que vivir en ellos todo el año. Me explico: el hecho de que existan gran cantidad de limitaciones a la construcción de casas nuevas, a la apertura de nuevos negocios incluidos alojamientos para el turismo o a la puesta en marcha de pequeñas industrias hace que en realidad no haya demasiadas opciones de trabajo para los residentes. Fernando, el propietario de los apartamentos donde he estado, un tipo majísimo y un modelo a seguir por lo que a mí respecta, se lamentaba de todo esto: comentaba que de acuerdo, el entorno y su riqueza natural era lo que atraía al turismo, pero que cualquier iniciativa de desarrollo de la zona estaba tan encorsertada que era muy complicado poner en marcha incluso un alojamiento rural como el suyo...
Pequeña laguna de agua dulce en las cercanías de la playa de Arnao, con un gran parque con merenderos al lado... Paradisiaco.
Y esa conversación es lo que me ha hecho escribir esto que estáis leyendo. Me conocéis de sobra y sabéis que soy defensor acérrimo de la naturaleza pero, ¿hasta qué punto deben entrar en conflicto la conservación del medio ambiente y el desarrollo económico de la población local? Y fijaos que digo "población local": en absoluto me refiero a que la actividad económica se desmadre como ocurre, por ejemplo, en las estaciones de esquí, que atraen gran cantidad de turistas y trabajadores temporales tipo plaga de langosta, sino a los que han nacido en la zona y dependen de los negocios que puedan prosperar en ella para no emigrar. Pensaba que mis ideas estaban muy claras, pero la conversación con Fernando de la semana pasada, que me ha traído a la memoria una conversación parecida de hace unos 15 años con mi amigo José Antonio, de Bisaurri (un pueblecito del valle de Benasque), me ha vuelto a generar muchas dudas... ¿No existe un punto de equilibrio que permita conservar el medio natural y además que los residentes puedan aspirar a la misma prosperidad a la que se aspira en otros lugares? ¿No hay una forma de que el entorno se mantenga y los paisanos tengan forma de seguir viviendo donde nacieron? Creo que hasta ahora, en España al menos, no lo hemos encontrado y urge hacerlo para que Fernando y José Antonio y otros muchos puedan seguir viviendo de su trabajo en su pueblo, los turistas podamos disfrutar de los lugares fantásticos donde residen y el medio ambiente no se resienta.
Cierro el post con una foto de la playa de Peñarronda en bajamar. Otro rincón precioso y muy tranquilo, a pesar de tener un camping y un restaurante y algún que otro chalé cerca. Pero sin comparación con las atestadas playas del Mediterráneo y sus horribles bloques de apartamentos y megahoteles.


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viernes, 23 de agosto de 2013

El olvidado castillo de Miranda

El castillo de Miranda. Espectacular atalaya que Alfonso I utilizó en la conquista de Zaragoza a los musulmanes y que ahora se consume en el olvido, a una hora caminando del final de la línea 43 del bus urbano en Juslibol. ¿Queréis conocerlo? Acompañadme en mi ruta: http://www.endomondo.com/workouts/232325389/6190822
Los que me leéis habitualmente ya sabéis que de vez en cuando me da el siroco, me lío la manta a la cabeza y me doy una vuelta por los alrededores de Zaragoza para marcarme el post de la semana. Y este domingo ha sido uno de esos días: he visitado las ruinas del castillo de Miranda, un edificio absolutamente olvidado y abandonado a su suerte, a pesar de estar catalogado como BIC, que vigila desde una atalaya espectacular todo el llano del río Ebro desde Alfocea hasta Zaragoza.
Para acercarme a este punto estratégico, uno de los que utilizó Alfonso I el Batallador para conquistar la ciudad de Saraqusta al moro (me parece mucho más bonito el nombre árabe que el reto para comer polvorones que le pusimos los cristianos...), he escogido un sendero que empieza nada más dejar atrás la barrera que impide el acceso en coche al galacho de Juslibol desde ese barrio de Zaragoza. Podéis seguir la ruta en Endomondo y ver todas las fotos de la caminata en este álbum de mi perfil en Facebook.
Comienza con una fuerte subida por una antigua gravera abandonada absolutamente espectacular y sigue por la parte superior de los escarpes del Ebro. Las vistas tanto de la llanura aluvial del río y del galacho de Juslibol como de los desérticos montes de San Gregorio son fantásticas y nos sitúan ante un contraste de ecosistemas brutal, a tan sólo unos cuantos metros de distancia.
La ruta discurre posteriormente por un pinar de reforestación con unos pinos raquíticos que hacen lo que pueden para sobrevivir en un terreno yermo y seco como pocos en Aragón, aunque sus pequeñas sombras se agradecen bastante, y después por un escarpado barranco que no me gustaría nada recorrer en un día de tormenta. Al final a las ruinas del castillo se accede como si llegásemos desde los montes de Alfocea, por la parte superior, en lugar de por donde debió de estar la puerta.
Poco queda de la construcción: el contorno del muro, una torre de dos pisos a punto de venirse abajo, la base de la torre del homenaje y tres de las cuatro paredes de una sala que debió ser alojamiento de la tropa o quizás un gran salón, en el que se adivinan la base de varios arcos. Más abajo, en la ladera contraria al río, está la entrada de una especie de bodega casi colmatada de sedimentos y que parece que podría dar acceso a algunas otras dependencias y túneles dentro del promontorio... Hasta esa pequeña dosis de misterio tiene este encantador rincón de Zaragoza.
Animaos a conocerlo y completad la excursión, como hice yo, con el regreso a través del galacho. Y si es fin de semana no dejéis de visitar su centro de interpretación, que merece la pena.
¡Nos vemos por los senderos!
Desde el galacho, apenas se aprecia la grandiosidad de las ruinas del castillo de Miranda. Pero ya habéis visto, sobre todo si habéis entrado en la galería de fotos de mi perfil en Facebook, que se trata de un lugar sorprendente.


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lunes, 12 de agosto de 2013

La atalaya del monte Grosín

Aljibe del castillo del monte Grosín, único resto que queda de la fortificación que entre los siglos IX al XVI vigiló desde esa elevación las tierras entre Sabiñánigo y Puente La Reina de Jaca, al sur, y los valles de Borau y Aragón, al norte.
Este domingo pasado he subido a la cumbre del monte Grosín, junto a Jaca, a ver los restos del aljibe que una vez aprovisionó de agua el castillo situado en ese punto. Llevaba muchos años queriendo hacer la excursión y, por suerte, hace unos meses los amigos de Senderos de Borau señalizaron el camino y este verano ha sido el momento adecuado para seguir esta ruta.
Pista que recorre la sierra de Angelé.
Son unas cinco horas paseando por pistas de tierra y senderos muy limpios y transitables que te regalan con unas vistas espectaculares: al norte una panorámica impresionante de las cumbres del Pirineo occidental aragonés, desde Navarra hasta la bal de Tena. La mole del Bisaurín, los Lecherines, Collarada... una auténtica maravilla. Y al sur, desde la atalaya del monte Grosín, la extensión que va desde Sabiñánigo hasta Puente La Reina de Jaca, las tierras que vigilaban como esparbeles los hombres de la guarnición del castillo que ocupó la cumbre entre los siglos IX al XVI, según explica la web Castillos de Aragón y el post que os he enlazado en el primer párrafo. Desde luego, la ubicación de la fortificación no podía ser mejor, con un control total de lo que ocurría en las tierras a sus pies.


Estas tres fotos muestran las espectaculares vistas desde la cumbre del monte Grosín, las dos anteriores hacia el norte (la primera con el macizo de Collarada el fondo y la bal de Aragón a sus pies y la segunda con una panorámica desde el Bisaurín a Los Lecherines sobre la bal de Borau) y esta tercera hacia el sur, avistando hasta la canal de Berdún.
Actualmente, los únicos restos visibles son los de uno de los aljibes que proveía de agua a la fortificación (es la foto de cabecera), ya que el denso matorral oculta las ruinas de los muros que según parece todavía siguen ahí, entre la maleza. Pero aunque casi no quede nada del castillo, uno no puede evitar dejar volar la imaginación hasta los tiempos en que por la canal de Berdún igual podía verse llegar un ejército cristiano del rey de Navarra que uno moro del califa de Córdoba, con ganas de saqueo, y ponerse en el pellejo del vigía que tendría que dar la alarma para que todos se pusieran a salvo... Y también piensa uno en lo que tenía que ser allí arriba una buena nevada de esas que empiezan con el suelo verde y te acaban con nieve hasta más arriba de la rodilla, con el viento helado bajando desde la cumbre de Collarada y estrellándose contra la muralla en lo alto del Grosín...
La pequeña guarnición, porque seguro que no era muy grande ya que en esa posición es complicado hacer llegar provisiones de forma habitual, daba protección aparte de a la cabecera de la bal del Aragón a una aldea cercana, según las crónicas... Si la vida en el castillo tras los muros de piedra no podia ser fácil, menos todavía lo sería en chozas que apenas resguardarían de la intemperie. No es de extrañar que en el siglo XVI castillo y aldea dejaran de estar habitados: el castillo había perdido su utilidad militar y había zonas mucho mejores para los paisanos, en el fondo de los valles que rodean el monte Grosín.
Os recomiendo la caminata, que podéis completar con una visita a Borau, a Aratorés o a Castiello de Jaca (hay una pista semiabandonada pero transitable a pie que baja hasta esta última población y nos permite ver también las ruinas de la ermita de San Bartolomé, todo ello muy bien señalizado como PR). La única precaución que tenéis que tomar es cargar con bastante agua, ya que no hay ni una sola fuente durante todo el recorrido, no vayáis a hacer corto. ¡A disfrutar del monte amigos!
El mítico monte Oroel desde la cumbre del Grosín.
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lunes, 5 de agosto de 2013

No a los embalses, sí al desarrollo sostenible en el Pirineo aragónes

La Ronda de Boltaña tocando en una plaza Biscós (Jaca) abarrotada. Sé que la foto es muy mala, pero con el móvil y por la noche no se pueden pedir peras al olmo, amigos...
Jaca, la plaza Biscós abarrotada de gente, 11 de la noche del sábado 3 de agosto. El Festival Folclórico de los Pirineos 2013 ofrece uno de sus platos fuertes: el concierto de La Ronda de Boltaña. Y, como siempre, La Ronda no defrauda y no se calla: vuelve a cantar contra los pantanos que durante décadas han ido echando de sus casas a muchos montañeses y ensalza la forma de vida tradicional y el idioma del país, un país que empieza en la sierra de Guara y termina en la muga con Francia, en los puertos Viejo, de la Pez o de la Madera.
Yo ya los había visto en directo en Zaragoza varias veces y una tarde memorable los seguí por su pueblo en fiestas, rondando, bebiendo de los porrones y comiendo de las bandejas de dulces que los boltañeses sacaban de cada casa. Pero este concierto me gustó especialmente: los gritos de “¡Yesa no!” que de cuando en cuando coreaba el público, los aplausos en los que prorrumpíamos en medio de las presentaciones de las canciones que hacía como de costumbre Manuel Domínguez, cuando defendía las lenguas de los aragoneses, incluida el catalán, o cuando recordaba que el Gobierno autonómico no había querido ni hablar de la posibilidad de que el maravilloso "Canto a la Libertad" de Labordeta (que interpretaron) fuese el nuevo himno de Aragón... El concierto estuvo cargado de sentimientos: de rabia, amargura y nostalgia cuando se hablaba de Jánovas, de Mediano, de la bolsa de Bielsa... y también de fuerza y optimismo cada vez que se decía Sobrarbe o Aragón en cualquiera de las canciones, cuando se hablaba de la primavera, de volver, de hacer crecer de nuevo nuestra tierra.
¿Lo mejor del concierto? Notar como por cuatro o cinco veces las lágrimas se te vienen a los ojos y la voz se te quiebra y no puedes seguir cantando, ver cómo el señor mayor que tienes al lado llora como un chico pequeño al escuchar sus propios recuerdos en la letra de una canción y, sobre todo, oir decir a mi hija de nueve años después del subidón de “Bajo dos tricolores”, mirándome con los ojos húmedos: “Son canciones muy bonitas, papá”... Cuando le oí eso a mi pequeña, supe que nada está perdido.
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