lunes, 28 de octubre de 2013

El último valle

La torre del castillo preside el caserío de Troncedo, en el valle de La Fueva.
Supongo que algunos de vosotros habréis reconocido en el título de mi post el de una película de Michael Caine del año 1970. En esa película, ambientada durante la guerra de los 30 años en una Europa asolada, una compañía de mercenarios llega a un valle que no ha sido afectado por la peste ni la destrucción, un pequeño paraíso rodeado de desolación que vive ajeno a ella. Algo así se siente cuando se llega al valle de La Fueva, en la provincia de Huesca: ni Sobrarbe ni Ribagorza (aunque los mapas lo incluyan en la primera de las dos comarcas), un triángulo situado entre el Cinca, el Ésera y la sierra que comienza en la Peña Montañesa y se prolonga hacia el macizo de Cotiella alberga uno de los rincones más preciosos del Pirineo aragonés. Con su población más importante en Tierrantona, está salpicado de pequeños pueblos que se han salvado de la especulación urbanística y el turismo desenfrenado de los últimos años y conservan el orgullo y la idiosincrasia de ser “fuevanos”.
Si la primavera es la estación de las flores, el otoño es la de los frutos...
El pasado fin de semana de El Pilar salí huyendo de Zaragoza, que uno está entrando ya en una edad en la que las fiestas dejan de apetecer y se prefiere la tranquilidad, y volví al valle de La Fueva. Ya había visitado la zona durante el puente de la constitución en 2009 y me enamoró. En aquella ocasión visité el sobrecogedor castillo del Muro de Roda, recorrí las retorcidas carreteras del valle y pasé por un pueblo que me quedó en la lista de “asuntos pendientes”: Troncedo. Tenía que volver...
Como en la anterior ocasión, volví a alojarme en O Chardinet d’a Formiga, una casa rural preciosa en un pueblecico que se llama Charo. Fue un enorme placer reencontrarme con sus propietarios, Ferrán y Mireia, dos excepcionales anfitriones y encantadoras personas. Compartimos unas buenas charradas alrededor de la mesa comunal donde todos los hospedados desayuna y cenan, intercambiamos futuros proyectos y, yo al menos, disfruté muchísimo de su compañía.
Desde Charo a Troncedo habrá veinte minutos de carretera llena de curvas que merece la pena recorrer y que atraviesa Formigales, un pequeño núcleo con una impresionante casa fuerte presidiéndolo. Troncedo es un pueblo realmente precioso, lleno de casas antiguas rehabilitadas con tino y algunas nuevas perfectamente mimetizadas con el resto del caserío. Está situado como alineado sobre una cresta que termina en la impresionante atalaya del castillo, del que sólo quedan las ruinas de un imponente torreón que fue recientemente consolidado para evitar su ruina total. Desde lo que en su tiempo fue el patio del castillo se divisan las fortificaciones de Samitier y el Muro de Roda, en despejadas visuales que los pondrían en comunicación mediante algún tipo de señal cuando todo el valle era la frontera del incipiente reino de Aragón frente al califato de Córdoba, allá por el siglo XI. Desde la explanada, el semiderruido torreón parece una cara que sonríe o más bien una calavera descarnada que te mira desde sus cuencas vacías. No puedes evitar sentir un poco de pena por el esplendor perdido de la magnífica fortificación, que 1000 años atrás defendía las tierras de la montaña de las incursiones musulmanas.
La torre del castillo a mi espalda. Yo estoy donde se encontraba el patio de armas de la fortaleza. (Foto: Pilar Pérez)
Recorriendo el pueblo desde el castillo hacia su otro extremo pasas junto a su iglesia románica, atraviesas las calles empedradas y llegas, si continúas un poco más allá, a una zona de campos semiabandonados en la que se ubica la ermita del Carmen, una pequeña construcción que merece la pena más por su entorno y las vistas que se tienen desde allí que por su valor arquitectónico, pero que os recomiendo visitar igualmente. Durante el paseo descubrí muros de piedra seca para separar los campos y marcar los caminos de herradura que sólo había visto tal cual en La Iglesuela del Cid, en el Maestrazgo turolense, al otro extremo de Aragón. La piedra seca era la forma habitual de construir estos muretes en todas partes, pero la manera de colocarla tan particular sólo la he visto en estos dos lugares. Una agradable sorpresa etnográfica.
Muros de piedra seca delimitando los antiguos caminos cercanos a la ermita del Carmen.
Además, desde la ermita del Carmen parte una ruta que nos recomendó hacer Ferrán, de O Chardinet, y que se quedó pendiente para una nueva visita a La Fueva: se trata de una caminata para un día entero que pasa por varios despoblados (Latorre, Lavilla, Solanilla, Cotón…) que se encuentran entre Troncedo y Formigales. Es una excusa como otra cualquiera para volver.
Espero que las fotos que os he incluido os animen a conocer la zona y confío en que sabréis apreciarla y cuidarla. Si no habéis estado nunca en La Fueva, de verdad, no sabéis lo que os perdéis…
¿Qué más queréis que os enseñe para convenceros de que tenéis que visitar Troncedo?
El resto de las fotos que hice y que creo que merece la pena ver están en mi perfil de facebook, seguid este enlace.

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sábado, 19 de octubre de 2013

La lucha contra el caracol manzana ya ha llegado a Aragón

Caracol manzana (Pomacea sp.), una de las especies invasoras más dañinas que estamos sufriendo en España.
El día que al primer imbécil se le ocurrió soltar una cotorra el animalico tendría que haberse revuelto y habérselo comido a picotazos. Este gesto ha conducido a la situación actual en la que las cotorras se han convertido en una plaga en buena parte de España, desplazando a las especies de pájaros autóctonas y llegando a comprometer seriamente su supervivencia... y la integridad física de los paseantes, que cualquier día un nido se caerá de un árbol y chafará a alguien.
Algo parecido ocurrió en el 2009 con otra peligrosa especie invasora, más lenta, más pequeña, pero mucho más dañina: el caracol manzana. Según explica SEO en una noticia publicada en su web este mes de septiembre, el gravísimo problema que afecta ahora a los arrozales y los espacios naturales del Delta del Ebro y pone en peligro la estabilidad ecológica de toda su cuenca, comenzó con la "fuga" de ejemplares de Pomacea insularum de una empresa de importación de fauna para acuarios, desde donde empezó a expandirse. El caracol manzana causa verdaderos desequilibrios medioambientales y destruye el arrozal porque come la semilla sembrada y las pequeñas plantas de arroz. La Administración ha gastado hasta ahora cuatro millones de euros en combatir esta plaga desde su aparición en la comarca del Delta sin demasiado éxito.
La prueba de que no está funcionando muy bien el plan de lucha es que este mes de octubre el Boletín Oficial de Aragón ha publicado una serie de medidas de contingencia obligatorias que deben aplicarse en tierras aragonesas para evitar la introducción de Pomacea. Aunque todavía no se ha detectado en esta comunidad autónoma, la expansión de la plaga sufrida en el Delta del Ebro y la existencia de equipos de recolección del cultivo del arroz que se trasladan desde esas zonas hasta las zonas productoras aragonesas son considerados como factores de riesgo para la introducción de la plaga, por lo que es necesario extremar las medidas de protección frente a la misma.
Mucho me temo que por muchas medidas que se tomen acabaremos igual que con el mejillón cebra, con el bicho repartido por toda la cuenca del Ebro, nuestros ecosistemas fluviales y lacustres muy afectados y, seguro, con la extinción de alguna especie de caracol autóctono.
Lo que más me desespera del asunto es que el Gobierno de España parece que pasa de todo y en lugar de prohibir definitivamente el comercio de todas estas especies invasoras (caracol manzana, cotorras, tortugas de Florida y un largo etcétera) ha vuelto a autorizarlo hace pocos meses, este mismo año. A ver si lo próximo que se escapa (o que "libera" algún gilipollas) es una familia de escorpiones africanos y acaba haciéndose nido en casa de algún ministro, a ver qué le parece, rediós ya..

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jueves, 3 de octubre de 2013

Fin de semana de setas y moras

Seis rebollones (Lactarius deliciosus) que para foto estaban muy bien, pero tan podridos ya que tuve que dejar en el monte.
El fin de semana pasado, el último de septiembre, marché para Castiello de Jaca. La excusa para ir fueron las fiestas de San Miguel, pero en realidad las fiestas me daban bastante igual: lo que yo quería era ponerme como un loco de rebollones (Lactarius sp.) y negrilla (Tricholoma terreum), que se dan bastante por los montes de alrededor del pueblo, tanto en la zona de Borau y Aratorés como en la bal de la Garcipollera. Llevaba unos días sin llover y acababa de haber luna llena, que no sé por qué pero es cierto que hace que los rebollones se gusanen, y aun así decidí hacer una salidica, inasequible al desaliento. La noche del viernes al sábado estuvo lloviendo y eso le añadió un punto más de emoción: ¿cuántos talegazos acabaría dándome monte arriba monte abajo y cómo acabaría de chipiao?
Al final, la salida del sábado a por setas fue un fracaso absoluto... media docena de rebollones completamente podridos (estaban majicos por fuera, al menos, y les hice alguna foto), una mojadina interesante y las botas llenas de barro. Pero daba igual. El rato que pasas metido entre los pinos y los buxos, brincando erizones y mirando en silencio total (como si los rebollones se fuesen a espantar...) en cada claro y debajo de cada mata a ver si encuentras algo que llevarte a la cesta no se cambia por el mejor vermú en casa Pío de Castiello. Además, también hubo tiempo de tomárselo después...
Rebollones ya os digo que seis y gusanaos enteros, negrilla ni ver, pero había muchas setas que no conozco pero que me encanta fotografiar. Son las flores del otoño, esas notas de color dentro del verde del pinar que me parecen un regalo de la Naturaleza. Aquí os pongo una y tenéis el resto en mi perfil de Facebook. Si sois aficionados y aceptáis el desafío, sería un "puntazo" que me sugirieseis qué especies pueden ser. Gracias por adelantado a los que os animéis.
Ni idea de la especie, pero preciosas, ¿no creéis?
Pero cuando me pongo en plan recolector, algo tengo que llevarme a la bolsa. Así que el domingo decidí "atacar" a los frutos del bosque y, ahí sí, triunfé. Este año las moras vienen muy retrasadas, ya no tendría que haber por la fecha en que estamos, pero un verano un poco fresco ha hecho que maduren despacio y este comienzo de otoño tan caluroso las ha puesto a punto. Las hay por miles y están en el momento justo. Todavía estoy comiendo mezcladas con el yogur y en ensalada de las que guardé en la nevera... en mermelada no, que ya sé que está muy rica pero me ha dado un poco de pereza hacer. Y claro, también tiré alguna que otra foto. ¿A que se le hace a uno la boca agua, eh?
En su punto, sí señor.
Para terminar, una reflexión: el lugar donde aparqué el sábado estaba lleeeeeno de coches, todos sus ocupantes atareados en la misma labor que yo, recoger setas. No voy a concretar mucho dónde era (sólo faltaba eso... un buscador de setas nunca rebela "sus fuentes") pero sí os digo que era el monte entre las localidades de Aratorés, dependiente del ayuntamiento de Castiello, y de Borau. ¿No sería bueno tanto para el monte como para los dos pueblos habilitar un vedado de setas en esa zona? Serviría por una parte para que la gente que vamos valorásemos más el tesoro que tenemos casi a pie de carretera y lo respetásemos más si cabe y, por otra, para que Castiello y Borau tuviesen unos ingresos complementarios que se podrían dedicar al mantenimiento del monte y su conservación. Yo sería el primero que pagaría muy a gusto dos o tres euros por acceder a un vedado de setas bien cuidado a 10 minutos de mi pueblo, la verdad. ¿Qué opináis vosotros de esta forma de explotación forestal? ¡Nos vemos por los senderos!

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